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CURIOSIDADES DEL MUNDO
Crónicas callejeras desde La Habana Vieja
por: F. Mond

PREÁMBULO de las calles BARATILLO Y CARPINETI

CALLE DEL BARATILLO

CALLE DE CARPINETI

EPÍLOGO de las calles BARATILLO Y CARPINETI

CALLE DE BERNAZA

 

 

 

 

PREÁMBULO

 

¿Qué dónde vamos hoy? Bueno, hoy es un día frío, muy apropiado para largas caminatas, pero como estamos a principios de siglo, ese “día frío” no es tan “cálido” como los actuales, en que el clima del planeta se ha vuelto una locura. Por lo tanto, para evadir ese molesto frío húmedo, propio de los trópicos, recorreremos dos calles cortas: las del Baratillo y la de Carpineti, respectivamente. Caballero, si tiene bufanda, tráigala; distinguida señora, póngase un chal de lana que la resguardará y, además, lucirá encantadora...

 

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CALLE DEL BARATILLO por: F. Mond

 

Esquina de Baratillo y Carpineti antes y en la actualidad.

Mientras esperamos a nuestro amigo el tranvía, permítame poner en su conocimiento lo que se dice de esta corta calle. Se dice que se le dio este nombre de Calle del Baratillo, porque en ella estaban los pequeños establecimientos de quincalla, que por venderse a bajo precio, se les decía baratillo. Medio siglo después se les conocerá por “timbiriches”. Que, por cierto, el diccionario de la “muy ilustre” no los recoge con esta acepción, sino con la de un arbusto de cierta familia botánica, “de cuyo no me acuerdo ni tampoco quiero acordarme”.
 

En el plano de Helvecio Lanier (1823) esta calle se extendía desde la Plaza de San Francisco hasta la de Armas, pasando por el Cuartel de Artillería y el Correo. También en 1841 González del Valle, en su estudio sobre esta calle, la describe: “De la Plaza de Armas la de San Francisco, cruzando por los arcos y patio de la Real Aduana...”  Posteriormente, y al parecer, el paso quedó cerrado por el edificio de la Aduana, a la altura de la calle de la Obrapía, y así se muestra en plano de B. May, de 1853, por lo que se dividió en dos tramos. Erenchún lo confirma con los datos que aporta sobre esta calle en sus Anales correspondientes a 1855, en los que sólo se extiende desde la calle de la Obrapía hasta la Plaza de San Francisco, o sea, las dos cuadras que corren al costado de la Lonja del Comercio. En el terrero que ahora ocupaba esta vieja Aduana actualmente, se alzará ochenta y cuatro años más tarde, el edificio del Ministerio del Turismo.
 

Pero, como en nuestro recorrido andamos por el tiempo en una etapa no bien definida, pero que abarca de mediados del siglo XIX hasta apenas 50 años atrás, lo mismo nos da que la calle del Baratillo esté cortada como entera. Ya meteremos las narices donde mejor nos convenga.
 

Por lo tanto, partiendo de extramuros, tomemos el tranvía que más cerca nos deje del comienzo de esta calle, que para nosotros será en la Plaza de Armas. Pues, supongamos que viniera usted de Jesús del Monte; tomaba el tranvía San FranciscoMuelle de Luz, de banderola con dos franjas: amarilla y verde, que llegaba a Egido por la calzada de Monte, doblaba una cuadra a la derecha y bajaba por la calle del Sol hasta la de Cuba, donde tomaba a la derecha otra vez hasta Santa Clara y por aquí hasta San Pedro: señora, abríguese de la brisa mientras recorre la orilla de los muelles, llénese los pulmones con aires colmados de yodo y de olor a pescado, admírese viendo de pasada la Machina y estense listos porque ya vamos llegando a la calle de O’Reilly, donde el tranvía doblará a la izquierda para seguir hasta Tacón; pero nos bajamos de un salto junto  al Templete. Y ya estamos en el comienzo de la calle del Baratillo. Solo ha costado cinco centavos el viaje, mire usted.
 

Párese un momento a la sombra de la ceiba aledaña a esta histórica edificación en honor al sitio donde se fundó la ciudad y bajo cuyas ramas se dijo la primera misa, en altar improvisado y a cielo abierto.
 

No se preocupe de lo que digan las supersticiones; lo peor que podría sucederle bajo una ceiba es que le caiga un rayo encima; pero eso puede suceder hasta bajo una mata de mango. Además, no está nublado.
 

En esta calle, la numeración empezaba por el número 1, que correspondía a la casa llamada de Santovenia, en la Plaza de Armas, que la adquirió a principios del siglo XX, y cuya configuración actual data de 1784. En 1867 se instaló en ella el hotel Santa Isabel.  Pero en 1923, el año en que nos encontramos, era una edificación que albergaba: la sociedad Centro de Detallistas de La Habana;  a un agente de aduanas; a la firma González y Suárez S. en C., comerciantes e importadores de víveres y tasajería, unto, lacón, aceitunas y alcaparras y a una perra viuda que dormía en un rincón del portal. Restaurada por segunda vez en 1996, volvió a utilizarse como hotel y conservó el antiguo nombre.
 

La casa número 2 (actual 58) era la llamada la Manzana de Oro, por el valor que adquirió cuando fue reedificada.
 

La 5 desapareció después del incendio del día 15 de octubre de 1907. Era la casa del Marqués de Villalta, que la fabricó sobre el solar que ocupaba la Aduana del siglo XVI. En ella estuvo muchos años la casa comercial de Drake y Co. y luego fue la casa depósito de vinos de un señor apellidado Parejo.
 

Esta casa tenía su puerta principal, que era la que habitaba el Marqués, por la calle del Baratillo, pero el frente que daba al mar tenía también su entrada y correspondía a dependencias comerciales. En las vistas antiguas, era notoria esta casa por su magnitud y buen aspecto.
 

En la esquina con la calle del Obispo, que a alguien se le ocurrió llamar Pi Margall, pero que nadie le dice así, allá por 1920, se hallaban instalados los herederos de José Bengochea, que comerciaban víveres. Y la firma de Louis P. Harty, comisionistas y proveedores de buques.
 

Mire, de seguro que le impresiona la casa número 7 (hoy 103) que perteneció desde su primera edificación a la familia de los Pedroso y tenía en lo antiguo su puerta principal a la calle de San Pedro.
 

“Bodega” en la esquina de Baratillo con la calle de Jústiz. Hoy no existe esta edificación; en su lugar hay un aparcamiento.

Ramón Pedregal tuvo su bodega en esta esquina, allá por 1860. Permítame aclararle que aquí llamamos “bodega” al establecimiento que comercia con víveres y licores, no al recinto dedicado a almacenar vinos. Son cosas del idioma. Las bodegas de los españoles constituyen el antecedente del supermercado actual, pero sin olor a ristra de morcillas ni a bacalao en penca, es decir, que han perdido todo su encanto. Ahora huelen a ese perfume artificial, que agrede pituitarias y da coriza, llamado “aromatizante”.  En Baratillo No. 2 (numeración antigua) estaba Gaspar Madrazo con su negocio de víveres, que compartía la misma edificación con Virella y Puig, en idéntico giro.
 

En el 3 (antiguo), estaba la fonda de don Carlos Fernández, especializada en callos a la catalana y en olla gallega, de modo que, si quiere, a la hora del almuerzo nos llegamos hasta aquí.
 

En el número 4 estaban Antonio Ferrán y Antonio Pedro; el primero, comisionista; el segundo, cambista de moneda o sea, la CADECA de aquellos tiempos, con “duros”, en lugar de CUCs. Nada, que la historia sigue repitiéndose como palabra de tartamudo: a tropezones.
 

En el número 5, Cahuzac y Hnos.,  también comisionistas,  y Antonio Pacheco, cambista de moneda. En ese mismo número también cabía el bodegón de José Adolfo. Cerquita de allí había un almacén de víveres, el de Antonio Ferrán; y en el 8, otro comercio del mismo giro: el de José Serdán.
 

Se establecía en el número 21 otro cambista de monedas llamado Juan Nieto y en el 37 Guerra y Hermano también le hacían el canje  ya como institución. Parece que era buen negocio desde el Templo de Jerusalén. Por último, en el 100, Pedro Echevarría y Cía. tenía su almacén de azúcar. Estamos hablando del año 1860, valga la aclaración.
 

Bien entrado el siglo XX, encontramos que esta calle ha cambiado mucho: es la mitad de lo que era cien años atrás, pero, ¿quién no cambia con el tiempo? Cuando uno llega a viejo no hace más que perder. Hasta los empastes.
 

De modo que nos encontramos, en el 9 de la calle del Baratillo, a Palacios y Cía., que era el distribuidor del aceite Guadalquivir. También a la Cuban International Trading Corporation S. A., en Baratillo 19, corredores de azúcar.
 

Pero, tomemos un café en La Hacienda y despreocúpese si no encuentra alguna dirección en esta calle, porque la mayor parte de estas edificaciones hoy no existe, a causa de los cambios que ha sufrido esta vía. Fíjese que hemos dejado atrás la esquina con Jústiz, donde Aurelio López tuvo su bodega llamada El Musel; en esa cuadra también estuvo, por los años 20, la Secretaría de Hacienda y la Lotería Nacional.
 

Y ya ve usted, querido amigo y caminante, cómo hemos arribado a la esquina con Lamparilla, final de este corto recorrido: ahí están, desde el año del fotuto, Casteleiro y Vizoso, importadores de ferretería.  Como puede apreciar, hemos desembocado en la Plaza de San Francisco: admire usted la imponente edificación de la Lonja del Comercio y, al frente, de cuerpo entero, en toda su majestuosidad, la iglesia y convento que dan nombre a esta plaza, del cual ya hablaremos en detalle cuando nos toque andar la calle de los Oficios. Pero déjeme adelantarle un detalle: fue el primer templo Protestante que existió en esta ciudad. Ya se enterará... Pero dese prisa, crucemos la plaza y apréstese para el abordaje, que allá viene el tranvía...

 

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CALLE DE CARPINETI por: F. Mond

 

¿Qué hoy no viene la señora? ¿Pescó un resfrío ayer? Pues mire que se lo advertí: abríguese. Pero usted mismo la oyó: no se ponía el chal de lana porque se veía un poco gorda. Y ya ve.
 

¿Qué pudiéramos hacer entonces? Me apena que no pueda venir y perderse un largo recorrido. De ahí, querido amigo, se me ocurre que, ya que estamos aquí, y como el tiempo se está comportando tan mal: vientos fuertes, llovizna y frío, optemos por andar una calle bien corta, la de Carpineti, para luego pasar la mañana refugiados cerca de allí, en la calle de la Obrapía y Baratillo, donde José Crego tiene su fonda La Hacienda, y charlemos saboreado un rico y estimulante café con ron, que el día se presta para eso. ¿Le parece bien? Pues, andando se quita el frío, que ya viene el tranvía, el mismo que tomamos ayer...


De nuevo aquí, en la plaza de San Francisco... Crucemos la calle de San Pedro y ya estaremos en el comienzo de esta callejuela conocida por Carpineti. Venga, abra el paraguas que ya empezó la llovizna...  
 

Casa en la esquina de Carpineti y San Pedro. En primer plano, la entrada al muelle que lleva el nombre de esta calle y el acceso al mismo donde se hallaba la puerta de la muralla, conocida como Puerta de Carpineti. En el lugar que ocupaba esta casa se encuentra, actualmente, el Ministerio del Turismo.

La llamaron así, según La Torre, debido a un italiano que aquí vivía y porque conducía a la puerta de este nombre que había en la muralla que se alzaba del lado de la bahía, cruzando la calle de San Pedro. Por su parte, Pérez Beato la define como “el espacio que separa la calle del Baratillo, del muelle de San Francisco y afirma que el nombre es muy antiguo, pues desde 1632 se encuentra ese nombre en un documento de la Contaduría de Hacienda.
 

El muelle inmediato a esta calle también se llamó así. González del Valle no la menciona en su callejero de 1841 ni aparece señalizada en el plano de May de 1853. Tampoco está en el plano de Lanier, de 1823.
 

Se trata de una calle de solo una cuadra, que se formó detrás del edificio que hoy ocupa la Lonja del Comercio. Algunos la incluyen como una prolongación de la calle de la Lamparilla, pero no por eso deja de tener su personalidad propia.
 

Aunque muchos la desdeñaron como componente vial de la ciudad vieja, sí aparece registrada en el Directorio de La Habana de 1859. De este último tomamos nota de dos comerciantes establecidos aquí en este año:  Salvador Arana, en una edificación sin número, dedicado a los trajines propios de los comisionistas y Arana y Co. –quizás Salvador formara parte de esta entidad comercial–, en el número 1, se trataba de una bodega con su correspondiente almacén de víveres y licores finos.
 

Bueno, querido amigo, hemos llegado al final, a la esquina con Baratillo. No lo pensemos más y vayamos directo a la fonda del señor Crego, que hasta aquí llega el olor del café.

 

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EPÍLOGO

Hemos recorrido dos calles muy cortas, es cierto, quizás, encantadora dama y gentil caballero se hayan quedado ustedes, esta vez, con el deseo insatisfecho de seguir andando por estas calles y su historia. Pero seamos razonables: el tiempo no era favorable, hasta ella tuvo que recogerse un par de días a causa del resfriado.

Pero les prometo que, pasados estos días lluviosos y fríos, recorreremos dos calles muy interesantes: las de Bernaza y Chacón, respectivamente. No se lo pierdan...

 

 

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CALLE DE BERNAZA

F. Mond

 

Si, querido amigo, hoy nos vamos hasta la calle de Bernaza. Está cerca de la puerta principal de la muralla, de modo que tendremos que entrar a la ciudad vieja por allí.  Por supuesto que eso hará mucho más corto nuestro viaje en tranvía... Ah, ahí viene... Fíjese que trae banderola verde-verde, y  hace el viaje ente la barriada de El Cerro y el Muelle de Luz... Así que, apréstese... Un salto elegante y subimos al estribo, pero sujétese el sombrero... Ya estamos...

 

El cine Universal, tal como se encuentra en la actualidad, posiblemente el único cinematógrafo con fachada mudéjar.

Y, como el viaje es ha sido corto, pues ya llegamos. Fíjese en esta plaza tan amplia que se abre para recibirnos. Está justo a la entrada principal de la ciudad vieja, en la llamada Puerta de Tierra, y nos muestra, como telón de fondo, la maravillosa fachada del convento de las Ursulinas, en la esquina con la calle del Sol.

Y a usted le parece que han traído de Granada una de sus joyas mudéjares. Antes fue Casa de Recogidas.
 

Pues sepa que ya, por estos años de la década del veinte, el convento fue vendido a varios comerciantes. Y, en lo que era la capilla, abrieron un cinematógrafo que existirá todavía en siglo XXI con el nombre de Universal. Me atrevería a apostar que es el único cinematógrafo de arquitectura mudéjar que existe. Otro elemento de lo “real maravilloso” de esta ciudad.

 

En frente de esta edificación estuvo el patíbulo u horca, porque había que dar el escarmiento desde la entrada misma de la ciudad. Luego se trasladó a la Plaza de la Punta, allá por 1810.
 

En la otra esquina se levantaba el que fue  polvorín, y después cuartelillo de los bomberos municipales.
 

En esta rinconada que hace el frente de casas que corresponde a la calle de Dragones con las de Bernaza y Muralla, existió la posada de la Mata, llamada así por un árbol que se veía frente a ella. Fue célebre en los anales de la delincuencia, a principios del siglo XIX.
 

Pero, empecemos por el principio: ríase desde ahora cuando sepa que fue una panadería la que nombró a esta calle. Esta primera cuadra, y la más larga de las cinco que la componen, era la que, desde muy antiguo se llamaba de Bernaza y fue la que dio nombre a toda la calle, porque don José Bernaza y Riera, tuvo en ella una bien conocida panadería a mediados del siglo XVIII.
 



En el número 202 actual, equina con Tte. Rey, aún se alza una de las edificaciones más antiguas de la ciudad: la conocida por la Casa de la Parra. Data de la primera mitad del siglo XVII, pero conserva características de un tipo de vivienda que se originó a finales del siglo XVI. Actualmente alberga un pequeño restaurante, llamado Hanoy.

Como podrá darse cuenta en la medida en que caminemos, encontraremos muchos comercios de telas, encajes, quincallería... Tan solo en esta cuadra podrá contar trece establecimientos dedicados a ese giro.  Y ahí está el primero, el almacén de Domingo F. Prieto, en el antiguo 71, hoy 249...

Y justo al lado, con iguales mercancías, están Castro y Ferreiro... ¿Que no tomó ni café antes de salir de casa?

No se preocupe, nada más cruzar a la acera de enfrente, y nos acomodaremos en el café de Antonio Badía, que lleva el rimbombante nombre de La puerta del Sol... Venga, que lo invito... 
Y, de paso, échele una ojeada a los sombreros que vende José Vidal, ahí en el 43, nunca está de más.
 

Andando por esta acera de los impares, también tenemos comercios “a pares”, como esas dos tintorerías, una la lado de la otra: París en Cuba y La Elegancia. Le prometo que no volveré a hacer otro juego de palabras tan abominable. Y para compensar, permítame invitarle a un capuchino en la dulcería La Dulce Alianza, es un poquito más allá...
 

Ana Ma. Ferdich, en Bernaza  No.42 era partera; Serafín Ventura, en el No.72, abría su bodega, también José Giralt en el 92; Francisco J. Valdés, abrió un café con cantina. Si usted padecía de un molesto dolor de muelas, podía dirigirse a Bernaza No.94; allí encontraría a don Donato Megías, establecido como dentista y Braulio Saínz, en Bernaza  No.98, era el médico de esta calle. Casimiro Charas, en Bernaza  No.102, había montado una tornería y Baltasar Ampudia, en el No.106 ½ le cosía un traje en su sastrería.
 


La casa número 36 (hoy 164) fue propiedad y vivienda del Pbro. don Manuel de Echeverría en 1840, así mismo, esta edificación fue  palacio episcopal, ocupado por el obispo Dr. don Francisco Fleix y Solans, cuya entrada se muestra.

A mediados del siglo XIX, entrando en esta calle por la plazuela de Albear, se encontraba con el establo de carruajes de Franganillo y Ferrer, en el No.2, entre O’Reilly y Obispo y a Francisco Toronjil con su platería. Ya en la esquina con Obispo, podía cambiar sus maravedises por duros con Esteban Argudín que era cambista de moneda. Melchor Gómez era dueño de una lechería en el No.6, entre Obispo y Obraría. Francisco Clapera, en el  No.12, entre Obrapía y Lamparilla, tenía una  fonda; pero Manuel Bergel, en el 13, también tenía la suya, donde la gente saboreaba deliciosos potajes. Santiago Jiménez era el hojalatero oficial de esta calle, radicado en el número 20, entre Tte. Rey y Muralla, con un buen surtido de jarros y cacerolas de todo tipo; en esta cuadra había de todo: José de Castro, en Bernaza  No.26, era pintor de obras finas; Esteban Predon, en Bernaza  No.32, se ocupaba de amolar tijeras y cuchillos; en el 32, Navarro y Cía. tenían una Dulcería y Manuel Blanco, en el No.114, una bodega.
 

En la esquina con la de Lamparilla, encontraremos dos fondas: las de Chon Long y la de José Morán, respectivamente. Esta última se llama La Viña, donde se toma un buen vino casero, pero dicen que el chino hace un arroz frito inolvidable; de modo que ya tenemos donde almorzar bien.
 

Y esta esquina, precisamente, se llamó de la Perinola; en algunos documentos se ve que este nombre se hizo alguna vez extensivo a toda la calle.
 

Cuidado con ese charco, que ahí se atascó el carretón del rastro de Ablardo Cuní, el del número 33, y las mulas sudaron tinta para sacarlo.
 

Fíjese, en esta cuadra, entre Lamparilla y Obrapía, tenemos la armería de Adolfo Diana y un comerciante de perlas: el señor Santander Sala; y en la esquina hay una joyería, pero no se sorprenda cuando se percate de que en la otra cuadra, entre Obrapía y Obispo, de nueve comercios, cinco con joyerías.
 

El tramo desde la iglesia del Cristo a la plazuela de Albear, se llamó del Caído, por un hombre que cayó desde el alto de una casa; no hay noticias de qué estaba haciendo allí arriba. Algunos dicen que era un “mirón” en busca de ventanas abiertas, pero usted sabe cómo es la gente de imaginativa.
 


Una de las librerías más conocidas en la ciudad vieja era esta que se muestra en la foto de la década del 40, La Minerva, Bernaza entre Obispo y O’Reilly. Las fachadas han cambiado y los autos también. Y los árboles han crecido, por supuesto.

A grandes rasgos podría decirle también que varias personalidades de la vida habanera de mediados del siglo XIX residieron en esta calle.  Por esos años vivía en el número 85, entre Tte. Rey y Muralla, el licenciado Ramón Piña, notable escritor, autor de Historia de un bribón dichoso, novela que relata las costumbres de su época; en el 107, en la misma cuadra, Francisco de Paula Serrano.
 

A principios del siglo XX habitaban esta calle:  Joaquín Montaño, en Bernaza No.5A (actual 9); Miguel Roldán, en el No.30 (actual 156); Francisco Jústiz y Palacios, en el No.36 (actual 164) y José Ramón Villaverde y Perellade, en el 52, altos (actual 218).
 

En resumen: en 1841 la calle de Bernaza contaba con 72 casas distribuidas a lo largo de sus 5 cuadras. Pérez Beato reportará 61 en la década del treinta y a principios del 2000 contará con 76.
 

Y se nos han ido de entre las manos el tiempo y el espacio: ya estamos en la calle de O’Reilly, donde esta calle termina, o empieza, recuerde que hemos venido caminando desde la plazuela de las Ursulinas. Mire, ahí está la librería La Minerva, como diciéndole adiós, o hasta el próximo recorrido.

 

 

Numeración antigua Calle Bernaza

 

Izquierda

Derecha

Entre

No num

2

O’Reilly y Obispo

121 al 130

3 al 7

Obispo y Obrapía

115 al 120

8 al 17

Obraría y Lamparilla

108 al 114

18 al 19

Lamparilla y Tte. Rey

45 al 109

20 al 37

Tte. Rey y Muralla

 

 

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