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ARTÍCULOS

 

 

 

CLAVES DEL CASO MADELEINE por: Jaime Rubio Rosales


 

-CLAVES DEL CASO MADELEINE-
 

 


 

Los que hemos seguido de cerca el caso Madeleine, casi todo el mundo mínimamente informado, nos quedamos de piedra con las últimas revelaciones del Sumario de la fiscalía portuguesa. Y comprobamos que en este asunto pasan cosas muy raras.

¿Por qué la policía portuguesa se empeñó desde el principio en sembrar la duda sobre los padres de Maddie? ¿Por qué teniendo descripciones de sospechosos ajenos a la familia dirigió las sospechas hacia los McCann?

¿Por qué no actúo con rapidez cuando desde Amsterdam les alertaron de la presencia de Maddie en esa ciudad acompañada de un ciudadano portugués? ¿Por qué se lanzaron desde Portugal cortinas de humo sobre si podía estar en España o Marruecos cuando sabían que estaban en Holanda? ¿Por qué, a pesar de todo ello, siguieron distrayendo a la opinión pública fomentando la sospecha sobre los padres de la niña, obligándolos a pasar un infierno? ¿Qué ocultan las autoridades portuguesas sobre este caso? ¿Qué es eso tan terrible que no quieren pro nada del mundo que se sepa?

Tal vez la clave haya que buscarla en algo que se apuntó al principio de la investigación: ¡que Portugal es un paraíso de la pederastia!

¿Por qué? Pues sencillamente, porque en Portugal no está castigada por ley, como en cualquier otro país europeo. Y porque, debido a ello, Portugal es el refugio de una buena parte de los pedófilos de toda Europa. Recuerdo que hace 20 años, cuando iba a cruzar la frontera portuguesa con una familia canaria, al ver aquellos niños rubios tan bonitos, el guardia fronterizo español les dijo. “¡Cuidado con los niños en Portugal! ¡No los pierdan de vista en ningún momento!”

Y es eso, precisamente, lo que las autoridades portuguesas se sospecha que querían evitar, es decir, que se supiera la verdad de lo que está ocurriendo dentro de sus fronteras en materia de pedofilia y se les espantara el turismo británico, que es su principal fuente de ingresos.

Me imagino el cabreo que deben tener los McCann y que harán algo al respecto y, así, lavar su imagen. Esto promete ser un escándalo mayúsculo y puede haber muchos peces gordos implicados y una trama que sabe Dios a dónde nos llevará. Estaremos al tanto de las novedades para comentarlas aquí

 

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Hambrientos de dos hambres por: Luis Felipe Rojas, Holguin

 

Alimentar el cuerpo y el espíritu sigue siendo una pesadilla para el cubano de a pie.

 

Nunca necesitó tanto nuestra patria de los poetas costumbristas, criollistas y de otras tendencias apegadas al amor a las frutas y las comidas.

Si Manuel de Zequeira, ese iniciador ambientalista, vegetariano literario y firme defensor de las bellezas endulzadas del trópico, puso la pauta hacia la degustación primigenia de la piña, otros le siguieron raudos, quizás previsores de esta cacareada crisis alimentaria que nos azota más en el tono alarmista de las autoridades que en la propia carestía universal.

Juan Cristóbal Nápoles (El Cucalambé), Céspedes, Plácido, la Avellaneda y Martí hicieron gala de las bondades del suelo isleño. A la par, el hambre nos persiguió siempre. Desde la forzosa reconcentración de Weyler, la aridez alimenticia de la dictadura machadista, la hambruna de los años setenta del siglo XX (en plena dictadura castrista), al tristemente célebre Período Especial, que no acaba aún. El hambre siempre, atravesada por una ficción literaria o cinematográfica, pictórica inclusive, se ha sumado a todas las penurias.

Dos países: uno languideciendo en la crisis de turno y el otro, florecido, renaciente, lleno de brío desde una república letrada que intentaba salvarlo.

A la opulencia gastronómica de la poesía de Nicolás Guillén, sombra nacional del más voraz apetito, le siguió sin contrapunto ni responso la prosa de José Lezama Lima, acaso al más alto valor cartográfico a la hora de trazar el mapa doméstico de la culinaria cubana.

Si en Virgilio Piñera asoma ese pedazo del absurdo universal, revestido de la frustración nacional, en versión autofágica de lo que vendría en los años sesenta entre vencedores y vencidos, vencidos todos (recuerden el cuento La carne, en que alguien se come a sí mismo), es por su condición de adelantado. Con Piñera se resume el hambre física, moral, espiritual y política como texto consagratorio de que hemos sido, somos y, según los pronósticos de la ONU, el proyecto TELEFOOT, la FAO y otros organismos, no dejaremos de ser un país en crisis.

En su narrativa, Onelio Jorge Cardoso arroja que el hombre siempre tiene dos hambres. El Cuentero Mayor se refería a esta de ahora, que nos hará perecer a la vuelta de unos años, y la que lanza al hombre (y la mujer) a la búsqueda de su "Dorado".

No hay velorio en Cuba, reunión de esquina, asamblea del Partido Comunista, relajo local, o la más insignificante juerga colectiva, que no termine entre alabanzas a la abundancia de comida y los recuerdos de lo peor del Período Especial. Las dos cosas a la vez.

Ni azúcar

Sabemos por nuestros abuelos que en el pasado no tan reciente, un padre de familia podía negar la mano de su hija a un pretendiente por tres motivos: el color de la piel (si este no buscaba oveja pa' su pareja); estar casado, en ese caso la moral (o la moralina) jugaba un papel importante; y por último, lo que constituía una ofensa considerable podía venir de manera lapidaria: "¡Ese es un muerto de hambre!", frase difícil de obviar.

Lo distinto es que ahora somos una mayoría hambrienta de las dos hambres —como decía Cardoso—, deseosa de las cenas lezamianas, los domingos de Nitza Villapol y su inalcanzable Cocina al minuto, la caldosa de Kike sin Marina y el ajiaco de Fernando Ortiz.

Carlos Augusto Alfonso, poeta seguro, críptico, maduro (por lo de las frutas, vaya) y poco dado a las comparsitas, si los hay, describió mejor esta angustia nacional en un poema tituló Períodos E: "cuando siento a mi padre haciendo sus mejunjes de agua con azúcar // me niego a dar crédito al oído / pospongo mi confianza en el porvenir / presente en la neoplasia desperdigada / doy rasgos de equilibrio cuanto más / antes de recurrir al antes —y aun después— / vuelve la cucharilla a acertar el vaso".

En las becas donde estudié se le llamaba indistintamente mejunje, destrosa (por dextrosa) y salvavidas: agua, azúcar y la cucharilla para acertar el vaso. Difícilmente un cubano del malvivir no la haya probado, aunque sea en la versión melosa de La Reina, esa Celia Cruz de siempre que, ante lo bueno y lo malo, nos gritó en la cara: ¡Azúcar!

 

 

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Despedida a un escritor desconocido por: Michael H. Miranda, Houston

 

Ha muerto a los 89 años Alexander Solszhenitsin, quien denunció el horror de los campos de concentración y las cárceles del régimen soviético.

El libro comienza y el primer estremecimiento aparece en el mismo pórtico. Unos cuantos hombres leen atónitos, en algún punto de la Rusia soviética de 1949, una revista científica donde ha aparecido una extraña noticia: en excavaciones realizadas cerca del río Kolyma se descubrió una corriente de agua congelada y dentro de ella varios ejemplares de peces fósiles, insólitamente frescos luego de miles de años de conservación. Sin mucho pudor, el "imprudente despacho" —así lo llama con ironía el autor del libro— da cuenta de que tales descubridores, que no son sino presos políticos del estalinismo condenados a trabajos forzados, de inmediato rompieron el hielo y se comieron los peces.

Un segundo sobresalto aparece casi seguidamente y ya a esas alturas nos damos cuenta que todo el libro es un temblor de principio a fin. Se refiere que 36 escritores soviéticos, con Máximo Gorki a la cabeza, se dieron —cedieron— a la tarea de elogiar en un libro la construcción del Belomorkanal, el canal de enlace del Báltico y el Mar Blanco, lo que sería guardado para la historia como el primer intento moderno de celebración del trabajo esclavo.

Se trata de Archipiélago gulag, de Alexander Solszhenitsin, y la brevedad de ambos pasajes anuncia la intensidad del horror que va a ser contado en medio millar de páginas, quizás más. Entre esas líneas iniciales y el final del volumen, pueden llegar a asaltarnos un sinfín de preguntas que quizás nunca se nos ocurrirían de no habernos acercado a lo que expone. He ahí la fuerza que se descubre en él, aun cuando hayan pasado varias décadas y la propia sociedad que prodigó estos engendros ya no existe más que en dos o tres naciones.

Es decir, pasó de la cruda realidad a ser una especie de trauma en la memoria humana: estos capítulos no fueron escritos sólo para los contemporáneos de tantas víctimas, victimarios y cómplices, ahora sabemos que fueron revelados para el futuro, para que nadie olvide, para nosotros, para poder vivir con un peso menos en la conciencia al saber que ya fueron denunciados. Lo que llamamos hoy realidad fue realidad también (no más) ayer y ni siquiera nos cabe la remota posibilidad de ser originales.

Este es un libro que los cubanos debimos haber leído en su momento, pero desgraciadamente no leemos los libros cuando queremos sino cuando se puede, cuando casi por un milagro nos caen en las manos. En especial, los que han tenido que vérselas con la censura, allá y aquí, en su tiempo y en estos que corren. Releída la última línea, sobrecoge una fiebre que debe anularse, por difícil que sea, un estremecimiento mayor al saber que otra vez se llega tarde a una verdad necesaria, al desentrañamiento de una realidad pasada pero desconocida por quienes todavía padecemos el prolongado ocaso de un modelo totalitario, similar, muy similar a lo descrito por Solszhenitsin en esas páginas.

Puede considerarse afortunado quien haya podido leer este libro en la Isla. En los últimos cuarenta años nos han obligado a vivir de espaldas a los circuitos mundiales de circulación del libro. Un muro de silencio rodea a zonas polémicas de la historia de la humanidad, entre las que están algunos sucesos relacionados con nuestra propia existencia como gente, consumidos a veces con encandilada rapidez y siempre ávidamente.

Por eso crece el deseo por obtenerlos y devorarlos en franca intimidad, aunque luego pasen de mano en mano. Porque estos testimonios de un horror tan cercano han sido como bálsamos para estas mutilaciones del espíritu que toda cerrazón atiza. Porque han sido demasiados años de un solo color, de pensamiento monolítico y retrocesos barométricos en todo sentido, más que nada en lo social y lo intelectual; de consignas que gritan la muerte demasiado cerca y hacen pensar en la brevedad de la vida en medio de un montón de celebraciones farsescas que dejan entrecortado el aliento.

Los testimonios

Ahora, las agencias de prensa anuncian que Solszhenitsin ha muerto en suelo ruso. Tenía, dicen, 89 años. No llegamos a conocerlo. De él y sus verdades sabemos muy poco todavía. Era denostado cuando no silenciado y casi podía aplicar con su persona lo contrario del diktak oficial. En lugar de resultar odioso o desagradable, aquel descrédito constante animaba a intentar leer sus libros, a buscar datos sobre ellos y su autor, y cómo eran recibidos por la llamada opinión pública.

Nos enterábamos, por ejemplo, que se había publicado en la Isla una menuda edición de su novela Un día en la vida de Iván Denísovitch, precedida además por su difusión en Moscú en los años del postestalinismo gracias a las pálidas aperturas de la era Kruschov, para sospechar que, sin dudas, había sido recogida poco tiempo después y quizás reconvertidas sus páginas en pulpa: el avisado lector no podría encontrarla en librerías ni bibliotecas.

Por cierto, para un juicio cabal de esta novela, véase el ensayo titulado "Réprobos en el paraíso", que otro "maldito", Mario Vargas Llosa, recogió en el volumen La verdad de las mentiras (Alfaguara, España, 2002, pp. 349-356). Aquí Vargas Llosa rememora que leyó esa novela por primera vez precisamente en Cuba, en 1965, donde "la gente se lo arrebataba de las manos y era la comidilla de todas las conversaciones".

Tal vez entonces se hizo evidente que las autoridades de la Isla habían cometido un error que debía ser enmendado. Se comenzó a hablar de su traición a la causa del pueblo soviético, la más impoluta de las causas humanas, y se sustituyó la circulación de Un día… por un panfleto nombrado La espiral de la traición de A.S.

Escritores como Alejo Carpentier se sumaron a la faena de desprestigiar a quien denunciaba el horror de los campos de concentración y cárceles soviéticas, horror que Solszhenitsin conocía bien, lo había sufrido en carne propia. En varias entrevistas que concediera para diversos órganos de prensa, incluso extranjeros, el autor cubano fustiga una vez y otra la aparición de una "Carta a los dirigentes soviéticos", firmada por el Nobel ruso, a quien acusa de retrógrado, de querer la destrucción de su patria y lo llama "inmenso globo [hinchado]", "ignorante", y sobre sus libros agrega que son "la peor literatura contrarrevolucionaria".

Asombrosamente, sin pensar que una de sus frases predilectas podría volverse en su contra, como, por ejemplo, aquella que dice: "las palabras nunca caen en el vacío", al final de su vida, Carpentier consideraba que la mayor desgracia que podría ocurrirle a un escritor era dejar de entender su época. Hoy, por suerte, esos y muchos otros juicios de Carpentier y de varios escritores más —por mucho olvido que justamente merezcan— están a la mano de cualquier lector. Los del autor de El reino de este mundo pueden hallarse en un tomo titulado Entrevistas (Editorial Letras Cubanas, 1985). Sus criterios sobre Solszhenitsin aparecen en las páginas 262-263, 269, 270, 315 y 317.

Afortunadamente, estos libros nadie los hará pulpa. Queden entonces como testimonios de un estéril entusiasmo.

 

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Que los esperen sentados por: José Hugo Fernández, La Habana

 

Visto el caos en el sector, ¿volverán los viejos educadores a las aulas por un poco de dinero?

 

Un elemental sondeo de opinión entre maestros y profesores habaneros de reconocida competencia que hoy están desvinculados de su profesión, oficialmente al menos, puede dejar a las claras que el general Raúl Castro no tenía razones para el optimismo cuando declaró hace poco que confiaba en que muchos de ellos se reintegrarán en breve al sistema nacional de educación.

El mismo sondeo arrojaría que la nueva convocatoria lanzada por el régimen a estos educadores se apoya en un enfoque erróneo, al considerar que abandonaron las aulas debido en lo fundamental a los bajos salarios que recibían.

Igual de errónea—e ingenua y socarrona y prepotente— es la creencia gubernamental de que bastará con aumentarles moderadamente sus beneficios económicos para que todos corran de nuevo a sus puestos como si nada pasara.

Parece que ni aun aquellos que aseguran despreciar (de dientes para afuera) el dinero, se abstienen a la hora de sobrestimar su importancia en ciertos roles.

Porque si bien es verdad que en Cuba los educadores eran y son vergonzosamente mal pagados, no lo es menos el hecho de que ésta es sólo una entre las muchas barbaridades que han provocado el éxodo masivo del sistema, sobre todo por parte de los profesionales más competentes y experimentados.

Un mero sondeo de opinión entre ellos bastaría para conocer, por ejemplo, que todavía más que por los bajos salarios, abandonaron las aulas porque su profesionalidad y principios morales —adquiridos por lo general décadas atrás— no les permitían avenirse a las reglas e imposiciones del sistema.

Tal vez mencionen en el sondeo (ya que son temas recurrentes en sus conversaciones privadas de hoy) la forma en que arbitrariamente y sin margen para réplica se les obligaba a darle el aprobado a la inmensa mayoría de los alumnos, por pésimos que fueran su aplicación en el estudio y sus conocimientos reales, y por muy desastroso que fuera el resultado de sus exámenes.

Había y hay que garantizar a toda costa los más altos índices de promoción escolar. El número frío se imponía y se impone a los buenos oficios del educador. Sobre eso, más que de dinero, hablan por estos días los maestros. Dicen que a ellos se lo ha exigido la dirección de la escuela, y a ésta se lo exige la dirección municipal de Educación, y a ésta la dirección provincial, y a ésta el Ministerio; en tanto, al ministro se lo exige la dirección del régimen, porque lo necesita para tratar de embobecer al mundo con sus estadísticas infladas.

Podrían también corroborar los profesores, si los convidaran a una encuesta, que se hartaron de la ideologización sin mesura que prima en cada norma, en cada valoración, en cada proyecto del sistema nacional de educación. Así como del modo antipedagógico y dogmático y manipulador y chovinista y embrutecedor con que se diseñan los programas de clases y se regula la impartición de las materias.

Dicen (pero al parecer tampoco esta vez tendrán en cuenta lo que dicen) que no se trata de "deficiencias", como ahora son calificadas en forma vaga por el discurso oficial. Son malformaciones de base, dispuestas a conciencia, que estos educadores tuvieron que adoptar en contra de sus criterios especializados, incluso de su ética, y hasta debieron defender como cabezas visibles de un sistema cuyas reglas no compartían pero no tenían derecho a remediar, ya que ni siquiera se les ha consultado jamás con el debido respeto.

El perro que tumbó la lata

Desaguisados tales, aun por encima de la propia miseria económica, determinaron la estampida en masa de los mejores maestros y profesores del sistema de educación nacional. Es lo que están afirmando en privado ellos mismos por estos días. Y afirman también que ya están viejos y cansados, por lo que no podrían asumir nuevamente la carga sin que se les ofrezca garantía (y nada lo garantiza hasta hoy) de que vayan a cambiar las reglas.

Es la opinión general, al margen de que algunos pocos, sobre todo entre los menos experimentados y más sensibles a ser engatusados por el ligero aumento de sueldo, estén valorando optar por el regreso. Igual puede ocurrir que otros sean presionados directa o indirectamente en los nuevos puestos que hoy ocupan. Pero en cualquier caso, la ganancia (del régimen) no sería sustancial.

Y esto es algo mucho más dramático de lo que se reconoce oficialmente, ya que los maestros y profesores que están hoy en función (jóvenes y pésimamente formados en muy amplia cifra) necesitan de aquellos como la sed del agua, no sólo para que se echen encima el peso de la debacle, sino para que al mismo tiempo les ofrezcan un patrón de conducta profesional y ética.

Vista la tragedia como es, al general Raúl Castro le hubiese convenido ofrecerles algo más que dinero a los viejos educadores. O en su defecto, le convenía ordenar un sondeo de opinión entre ellos antes de decir públicamente que confía en su retorno al circo de malabares al que romántica e inútilmente se consagraron, y del cual terminaron huyendo como el perro que tumbó la lata.

Ahora tal vez le convenga sentarse para esperarlos, no sea que el retorno demore más de lo previsto.

 

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Una enemistad de medio siglo por: Marifeli Pérez-Stable, Washington

 

Con sus altas y bajas, el conflicto entre La Habana y Washington poco ha cambiado desde la Crisis de los Misiles.

 

En los tiempos de la Guerra Fría, Estados Unidos tenía sus dudas en relación con el Tercer Mundo. ¿Eran las naciones nuevas de África y Asia bocados apetitosos para el expansionismo soviético? ¿Estaban, el Irán del reformista Mohamed Mosadegh y la Guatemala de Jacobo Arbenz, a punto de transformarse en avanzadas soviéticas? ¿Debería Washington aceptar la revolución cubana?

El secretario de Estado del gobierno de Dwight Eisenhower, John Foster Dulles, contestaba a las dos primeras preguntas con un "sí" rotundo y a la última con un enfático "no". Por el contrario, John F. Kennedy vio la neutralidad en África como una oportunidad, no como una amenaza. En América Latina, la Alianza para el Progreso ensalzó las reformas, la democracia y la libertad como los mejores antídotos contra las revoluciones.

Cuba, sin embargo, era un hueso duro de roer para John F. Kennedy. Su fracaso en Bahía de Cochinos mostró una debilidad que él no podía permitirse como un presidente joven, con el cargo recién estrenado. Dos meses después de su toma de posesión, dijo textualmente: en Viena, Jrushchov "me zarandeó de mala manera". La Crisis de los Misiles probaría el temple de JFK, algo que Cuba y la primera cumbre con el líder soviético habían puesto en duda.

Después de la Crisis de los Misiles, Kennedy siguió dos caminos en relación con Cuba. El primero apuntaba a la tolerancia si la revolución establecía "un Estado comunista independiente". El segundo, aún buscaba un cambio de régimen. En el período 1961-1962, la Operación Mangosta había tratado, sin éxito, de desarrollar una revuelta en Cuba. En 1963, la CIA persistía en sus esfuerzos para asesinar a Fidel Castro.

Ese noviembre, la bala de un asesino segó la vida de Kennedy y Lyndon Johnson enseguida colocó las conversaciones La Habana-Washington "en el congelador".

Con las miras puestas en la elección de 1964, Johnson se afanaba por no parecer "débil ante nada, especialmente hacia Cuba". A medida que Vietnam ocupaba casi todos los esfuerzos de su gobierno, el tema de la Isla perdió importancia inmediata. Nunca más Cuba volvería a estar en el centro de la política exterior de Estados Unidos.

Lo que está pendiente

En la década de los años setenta, la distensión produjo un consenso bipartidista sobre la normalización de relaciones con Cuba. Durante dieciocho meses, el gobierno de Ford dialogó, en la mayor discreción, con La Habana. Ambas partes abandonaron las condiciones previas: Estados Unidos demandaba el cese de todo vínculo militar con la Unión Soviética y Cuba que Estados Unidos levantara el embargo.

La Organización de Estados Americanos, con el apoyo de Estados Unidos, eliminó las sanciones multilaterales a Cuba. Luego, Ford autorizó a las filiales estadounidenses en el extranjero para comerciar con Cuba y tomó otras medidas que aligeraban el embargo. Cuba, por su parte, liberó a un ciudadano estadounidense vinculado a la CIA y devolvió 2 millones de dólares que una compañía aérea norteamericana había pagado como rescate por un avión secuestrado.

Entonces, en noviembre de 1975, Cuba entró en la guerra civil angolana. Desde el punto de vista de Estados Unidos, Angola torpedeó las conversaciones. No era de extrañar que La Habana viera las cosas de una forma diferente. Si las conversaciones secretas se hacían públicas —discurría Cuba—, la campaña de Ford, en 1976, se hubiera dañado profundamente y ahí radicaba la causa para que Washington detuviera los contactos.

Jimmy Carter tomó el caso en el punto en que Ford lo había dejado. Se eliminó la prohibición para los viajes y se abrieron las Oficinas de Intereses en ambas capitales. Washington y La Habana parecían acercarse a la normalización. Sin embargo, con la presencia continua de La Habana en Angola y con el despliegue, en 1978, de 15.000 soldados en Etiopía, Carter halló muchas dificultades para prescindir, en su incipiente política hacia Cuba, de los imperativos de la Guerra Fría. Por su parte, La Habana no podía dejar pasar la oportunidad que África le ofrecía para aupar su imagen internacional.

En 1981, Ronald Reagan asumió la presidencia, decidido a evitar lo que él consideró errores de Carter en las políticas nacional e internacional. Sin embargo, sólo en temas específicos como Centroamérica y migración, Washington continuó sus pláticas con La Habana. Además, en 1988, Estados Unidos, Cuba, Angola y Sudáfrica negociaron un acuerdo que puso fin a la guerra civil angolana y estableció la independencia de Namibia. En mayo de 1991, las tropas cubanas ya habían abandonado Angola.

Se ha dicho a menudo que la Guerra Fría no ha terminado para Cuba y Estados Unidos. En realidad, no estoy de acuerdo. La Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín y con la desintegración de la Unión Soviética.

Lo que está pendiente, sobre la mesa, es que Washington y La Habana aprendan a vivir en paz, esto es, que establezcan una relación beneficiosa para ambos. Por esa senda, Estados Unidos debe considerar más las sensibilidades cubanas y Cuba necesita convertir la cercanía geográfica en un valor. Esta enemistad de medio siglo no ha ayudado a ninguno de los dos.

En mi próximo artículo concluiré estas ideas sobre el futuro de las relaciones Cuba-Estados Unidos.

 

 

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