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CLAVES DEL CASO
MADELEINE por: Jaime
Rubio Rosales |
-CLAVES
DEL CASO MADELEINE-
Los
que hemos seguido de cerca el
caso Madeleine,
casi todo el mundo mínimamente
informado, nos quedamos de
piedra con las últimas
revelaciones del Sumario de la
fiscalía portuguesa. Y
comprobamos que en este asunto
pasan cosas muy raras.
¿Por qué la
policía portuguesa se empeñó
desde el principio en sembrar la
duda sobre los padres de Maddie?
¿Por qué teniendo descripciones
de sospechosos ajenos a la
familia dirigió las sospechas
hacia los McCann?
¿Por qué no
actúo con rapidez cuando desde
Amsterdam les alertaron de la
presencia de Maddie en esa
ciudad acompañada de un
ciudadano portugués? ¿Por qué se
lanzaron desde Portugal cortinas
de humo sobre si podía estar en
España o Marruecos cuando sabían
que estaban en Holanda? ¿Por
qué, a pesar de todo ello,
siguieron distrayendo a la
opinión pública fomentando la
sospecha sobre los padres de la
niña, obligándolos a pasar un
infierno? ¿Qué ocultan las
autoridades portuguesas sobre
este caso? ¿Qué es eso tan
terrible que no quieren pro nada
del mundo que se sepa?
Tal vez la clave
haya que buscarla en algo que se
apuntó al principio de la
investigación: ¡que
Portugal es un paraíso de la
pederastia!
¿Por qué?
Pues sencillamente, porque
en Portugal no está castigada
por ley, como en cualquier otro
país europeo. Y porque, debido a
ello, Portugal es el refugio de
una buena parte de los pedófilos
de toda Europa. Recuerdo que
hace 20 años, cuando iba a
cruzar la frontera portuguesa
con una familia canaria, al ver
aquellos niños rubios tan
bonitos, el guardia fronterizo
español les dijo.
“¡Cuidado con los niños en
Portugal! ¡No los pierdan de
vista en ningún momento!”
Y es eso,
precisamente, lo que las
autoridades portuguesas se
sospecha que querían evitar, es
decir, que se supiera la verdad
de lo que está ocurriendo dentro
de sus fronteras en materia de
pedofilia y se les espantara el
turismo británico, que es su
principal fuente de ingresos.
Me imagino el
cabreo que deben tener los
McCann y que harán algo al
respecto y, así, lavar su
imagen. Esto promete ser un
escándalo mayúsculo y puede
haber muchos peces gordos
implicados y una trama que sabe
Dios a dónde nos llevará.
Estaremos al tanto de las
novedades para comentarlas aquí
SUBIR
Hambrientos de dos
hambres por: Luis Felipe
Rojas, Holguin
Alimentar el cuerpo y el
espíritu sigue siendo
una pesadilla para el
cubano de a pie.
Nunca necesitó tanto
nuestra patria de los
poetas costumbristas,
criollistas y de otras
tendencias apegadas al
amor a las frutas y las
comidas.
Si Manuel de Zequeira,
ese iniciador
ambientalista,
vegetariano literario y
firme defensor de las
bellezas endulzadas del
trópico, puso la pauta
hacia la degustación
primigenia de la piña,
otros le siguieron
raudos, quizás
previsores de esta
cacareada crisis
alimentaria que nos
azota más en el tono
alarmista de las
autoridades que en la
propia carestía
universal.
Juan Cristóbal Nápoles
(El Cucalambé),
Céspedes, Plácido, la
Avellaneda y Martí
hicieron gala de las
bondades del suelo
isleño. A la par, el
hambre nos persiguió
siempre. Desde la
forzosa reconcentración
de Weyler, la aridez
alimenticia de la
dictadura machadista, la
hambruna de los años
setenta del siglo XX (en
plena dictadura
castrista), al
tristemente célebre
Período Especial, que no
acaba aún. El hambre
siempre, atravesada por
una ficción literaria o
cinematográfica,
pictórica inclusive, se
ha sumado a todas las
penurias.
Dos países: uno
languideciendo en la
crisis de turno y el
otro, florecido,
renaciente, lleno de
brío desde una república
letrada que intentaba
salvarlo.
A la opulencia
gastronómica de la
poesía de Nicolás
Guillén, sombra nacional
del más voraz apetito,
le siguió sin
contrapunto ni responso
la prosa de José Lezama
Lima, acaso al más alto
valor cartográfico a la
hora de trazar el mapa
doméstico de la
culinaria cubana.
Si en Virgilio Piñera
asoma ese pedazo del
absurdo universal,
revestido de la
frustración nacional, en
versión autofágica de lo
que vendría en los años
sesenta entre vencedores
y vencidos, vencidos
todos (recuerden el
cuento La carne,
en que alguien se come a
sí mismo), es por su
condición de
adelantado. Con
Piñera se resume el
hambre física, moral,
espiritual y política
como texto consagratorio
de que hemos sido, somos
y, según los pronósticos
de la ONU, el proyecto
TELEFOOT, la FAO y otros
organismos, no dejaremos
de ser un país en
crisis.
En su narrativa, Onelio
Jorge Cardoso arroja que
el hombre siempre tiene
dos hambres. El Cuentero
Mayor se refería a esta
de ahora, que nos hará
perecer a la vuelta de
unos años, y la que
lanza al hombre (y la
mujer) a la búsqueda de
su "Dorado".
No hay velorio en Cuba,
reunión de esquina,
asamblea del Partido
Comunista, relajo local,
o la más insignificante
juerga colectiva, que no
termine entre alabanzas
a la abundancia de
comida y los recuerdos
de lo peor del Período
Especial. Las dos cosas
a la vez.
Ni azúcar
Sabemos por nuestros
abuelos que en el pasado
no tan reciente, un
padre de familia podía
negar la mano de su hija
a un pretendiente por
tres motivos: el color
de la piel (si este no
buscaba oveja pa' su
pareja); estar casado,
en ese caso la moral (o
la moralina) jugaba un
papel importante; y por
último, lo que
constituía una ofensa
considerable podía venir
de manera lapidaria:
"¡Ese es un muerto de
hambre!", frase difícil
de obviar.
Lo distinto es que ahora
somos una mayoría
hambrienta de las dos
hambres —como decía
Cardoso—, deseosa de las
cenas lezamianas, los
domingos de Nitza
Villapol y su
inalcanzable Cocina
al minuto, la
caldosa de Kike sin
Marina y el ajiaco de
Fernando Ortiz.
Carlos Augusto Alfonso,
poeta seguro, críptico,
maduro (por lo de las
frutas, vaya) y poco
dado a las comparsitas,
si los hay, describió
mejor esta angustia
nacional en un poema
tituló Períodos E:
"cuando siento a mi
padre haciendo sus
mejunjes de agua con
azúcar // me niego a dar
crédito al oído /
pospongo mi confianza en
el porvenir / presente
en la neoplasia
desperdigada / doy
rasgos de equilibrio
cuanto más / antes de
recurrir al antes —y aun
después— / vuelve la
cucharilla a acertar el
vaso".
En las becas donde
estudié se le llamaba
indistintamente mejunje,
destrosa (por dextrosa)
y salvavidas: agua,
azúcar y la cucharilla
para acertar el vaso.
Difícilmente un cubano
del malvivir no la haya
probado, aunque sea en
la versión melosa de La
Reina, esa Celia Cruz de
siempre que, ante lo
bueno y lo malo, nos
gritó en la cara:
¡Azúcar!
SUBIR
Despedida a un escritor
desconocido por: Michael H.
Miranda, Houston
Ha muerto a los 89 años
Alexander Solszhenitsin,
quien denunció el horror
de los campos de
concentración y las
cárceles del régimen
soviético.
El libro comienza y el
primer estremecimiento
aparece en el mismo
pórtico. Unos cuantos
hombres leen atónitos,
en algún punto de la
Rusia soviética de 1949,
una revista científica
donde ha aparecido una
extraña noticia: en
excavaciones realizadas
cerca del río Kolyma se
descubrió una corriente
de agua congelada y
dentro de ella varios
ejemplares de peces
fósiles, insólitamente
frescos luego de miles
de años de conservación.
Sin mucho pudor, el
"imprudente despacho"
—así lo llama con ironía
el autor del libro— da
cuenta de que tales
descubridores, que no
son sino presos
políticos del
estalinismo condenados a
trabajos forzados, de
inmediato rompieron el
hielo y se comieron los
peces.
Un segundo sobresalto
aparece casi
seguidamente y ya a esas
alturas nos damos cuenta
que todo el libro es un
temblor de principio a
fin. Se refiere que 36
escritores soviéticos,
con Máximo Gorki a la
cabeza, se dieron
—cedieron— a la tarea de
elogiar en un libro la
construcción del
Belomorkanal, el canal
de enlace del Báltico y
el Mar Blanco, lo que
sería guardado para la
historia como el primer
intento moderno de
celebración del trabajo
esclavo.
Se trata de
Archipiélago gulag,
de Alexander
Solszhenitsin, y la
brevedad de ambos
pasajes anuncia la
intensidad del horror
que va a ser contado en
medio millar de páginas,
quizás más. Entre esas
líneas iniciales y el
final del volumen,
pueden llegar a
asaltarnos un sinfín de
preguntas que quizás
nunca se nos ocurrirían
de no habernos acercado
a lo que expone. He ahí
la fuerza que se
descubre en él, aun
cuando hayan pasado
varias décadas y la
propia sociedad que
prodigó estos engendros
ya no existe más que en
dos o tres naciones.
Es decir, pasó de la
cruda realidad a ser una
especie de trauma en la
memoria humana: estos
capítulos no fueron
escritos sólo para los
contemporáneos de tantas
víctimas, victimarios y
cómplices, ahora sabemos
que fueron revelados
para el futuro, para que
nadie olvide, para
nosotros, para poder
vivir con un peso menos
en la conciencia al
saber que ya fueron
denunciados. Lo que
llamamos hoy realidad
fue realidad también (no
más) ayer y ni siquiera
nos cabe la remota
posibilidad de ser
originales.
Este es un libro que los
cubanos debimos haber
leído en su momento,
pero desgraciadamente no
leemos los libros cuando
queremos sino cuando se
puede, cuando casi por
un milagro nos caen en
las manos. En especial,
los que han tenido que
vérselas con la censura,
allá y aquí, en su
tiempo y en estos que
corren. Releída la
última línea, sobrecoge
una fiebre que debe
anularse, por difícil
que sea, un
estremecimiento mayor al
saber que otra vez se
llega tarde a una verdad
necesaria, al
desentrañamiento de una
realidad pasada pero
desconocida por quienes
todavía padecemos el
prolongado ocaso de un
modelo totalitario,
similar, muy similar a
lo descrito por
Solszhenitsin en esas
páginas.
Puede considerarse
afortunado quien haya
podido leer este libro
en la Isla. En los
últimos cuarenta años
nos han obligado a vivir
de espaldas a los
circuitos mundiales de
circulación del libro.
Un muro de silencio
rodea a zonas polémicas
de la historia de la
humanidad, entre las que
están algunos sucesos
relacionados con nuestra
propia existencia como
gente, consumidos a
veces con encandilada
rapidez y siempre
ávidamente.
Por eso crece el deseo
por obtenerlos y
devorarlos en franca
intimidad, aunque luego
pasen de mano en mano.
Porque estos testimonios
de un horror tan cercano
han sido como bálsamos
para estas mutilaciones
del espíritu que toda
cerrazón atiza. Porque
han sido demasiados años
de un solo color, de
pensamiento monolítico y
retrocesos barométricos
en todo sentido, más que
nada en lo social y lo
intelectual; de
consignas que gritan la
muerte demasiado cerca y
hacen pensar en la
brevedad de la vida en
medio de un montón de
celebraciones farsescas
que dejan entrecortado
el aliento.
Los testimonios
Ahora, las agencias de
prensa anuncian que
Solszhenitsin ha muerto
en suelo ruso. Tenía,
dicen, 89 años. No
llegamos a conocerlo. De
él y sus verdades
sabemos muy poco
todavía. Era denostado
cuando no silenciado y
casi podía aplicar con
su persona lo contrario
del diktak
oficial. En lugar de
resultar odioso o
desagradable, aquel
descrédito constante
animaba a intentar leer
sus libros, a buscar
datos sobre ellos y su
autor, y cómo eran
recibidos por la llamada
opinión pública.
Nos enterábamos, por
ejemplo, que se había
publicado en la Isla una
menuda edición de su
novela Un día en la
vida de Iván Denísovitch,
precedida además por su
difusión en Moscú en los
años del postestalinismo
gracias a las pálidas
aperturas de la era
Kruschov, para sospechar
que, sin dudas, había
sido recogida poco
tiempo después y quizás
reconvertidas sus
páginas en pulpa: el
avisado lector no podría
encontrarla en librerías
ni bibliotecas.
Por cierto, para un
juicio cabal de esta
novela, véase el ensayo
titulado "Réprobos en el
paraíso", que otro
"maldito", Mario Vargas
Llosa, recogió en el
volumen La verdad de
las mentiras
(Alfaguara, España,
2002, pp. 349-356). Aquí
Vargas Llosa rememora
que leyó esa novela por
primera vez precisamente
en Cuba, en 1965, donde
"la gente se lo
arrebataba de las manos
y era la comidilla de
todas las
conversaciones".
Tal vez entonces se hizo
evidente que las
autoridades de la Isla
habían cometido un error
que debía ser enmendado.
Se comenzó a hablar de
su traición a la causa
del pueblo soviético, la
más impoluta de las
causas humanas, y se
sustituyó la circulación
de Un día… por
un panfleto nombrado
La espiral de la
traición de A.S.
Escritores como Alejo
Carpentier se sumaron a
la faena de
desprestigiar a quien
denunciaba el horror de
los campos de
concentración y cárceles
soviéticas, horror que
Solszhenitsin conocía
bien, lo había sufrido
en carne propia. En
varias entrevistas que
concediera para diversos
órganos de prensa,
incluso extranjeros, el
autor cubano fustiga una
vez y otra la aparición
de una "Carta a los
dirigentes soviéticos",
firmada por el Nobel
ruso, a quien acusa de
retrógrado, de querer la
destrucción de su patria
y lo llama "inmenso
globo [hinchado]",
"ignorante", y sobre sus
libros agrega que son
"la peor literatura
contrarrevolucionaria".
Asombrosamente, sin
pensar que una de sus
frases predilectas
podría volverse en su
contra, como, por
ejemplo, aquella que
dice: "las palabras
nunca caen en el vacío",
al final de su vida,
Carpentier consideraba
que la mayor desgracia
que podría ocurrirle a
un escritor era dejar de
entender su época. Hoy,
por suerte, esos y
muchos otros juicios de
Carpentier y de varios
escritores más —por
mucho olvido que
justamente merezcan—
están a la mano de
cualquier lector. Los
del autor de El
reino de este mundo
pueden hallarse en un
tomo titulado
Entrevistas
(Editorial Letras
Cubanas, 1985). Sus
criterios sobre
Solszhenitsin aparecen
en las páginas 262-263,
269, 270, 315 y 317.
Afortunadamente, estos
libros nadie los hará
pulpa. Queden entonces
como testimonios de un
estéril entusiasmo.
SUBIR
Que los esperen sentados
por: José Hugo Fernández, La
Habana
Visto el caos en el sector,
¿volverán los viejos
educadores a las aulas por
un poco de dinero?
Un
elemental
sondeo
de
opinión
entre
maestros
y
profesores
habaneros
de
reconocida
competencia
que
hoy
están
desvinculados
de
su
profesión,
oficialmente
al
menos,
puede
dejar
a
las
claras
que
el
general
Raúl
Castro
no
tenía
razones
para
el
optimismo
cuando
declaró
hace
poco
que
confiaba
en
que
muchos
de
ellos
se
reintegrarán
en
breve
al
sistema
nacional
de
educación.
El
mismo
sondeo
arrojaría
que
la
nueva
convocatoria
lanzada
por
el
régimen
a
estos
educadores
se
apoya
en
un
enfoque
erróneo,
al
considerar
que
abandonaron
las
aulas
debido
en
lo
fundamental
a
los
bajos
salarios
que
recibían.
Igual
de
errónea—e
ingenua
y
socarrona
y
prepotente—
es
la
creencia
gubernamental
de
que
bastará
con
aumentarles
moderadamente
sus
beneficios
económicos
para
que
todos
corran
de
nuevo
a
sus
puestos
como
si
nada
pasara.
Parece
que
ni
aun
aquellos
que
aseguran
despreciar
(de
dientes
para
afuera)
el
dinero,
se
abstienen
a la
hora
de
sobrestimar
su
importancia
en
ciertos
roles.
Porque
si
bien
es
verdad
que
en
Cuba
los
educadores
eran
y
son
vergonzosamente
mal
pagados,
no
lo
es
menos
el
hecho
de
que
ésta
es
sólo
una
entre
las
muchas
barbaridades
que
han
provocado
el
éxodo
masivo
del
sistema,
sobre
todo
por
parte
de
los
profesionales
más
competentes
y
experimentados.
Un
mero
sondeo
de
opinión
entre
ellos
bastaría
para
conocer,
por
ejemplo,
que
todavía
más
que
por
los
bajos
salarios,
abandonaron
las
aulas
porque
su
profesionalidad
y
principios
morales
—adquiridos
por
lo
general
décadas
atrás—
no
les
permitían
avenirse
a
las
reglas
e
imposiciones
del
sistema.
Tal
vez
mencionen
en
el
sondeo
(ya
que
son
temas
recurrentes
en
sus
conversaciones
privadas
de
hoy)
la
forma
en
que
arbitrariamente
y
sin
margen
para
réplica
se
les
obligaba
a
darle
el
aprobado
a la
inmensa
mayoría
de
los
alumnos,
por
pésimos
que
fueran
su
aplicación
en
el
estudio
y
sus
conocimientos
reales,
y
por
muy
desastroso
que
fuera
el
resultado
de
sus
exámenes.
Había
y
hay
que
garantizar
a
toda
costa
los
más
altos
índices
de
promoción
escolar.
El
número
frío
se
imponía
y se
impone
a
los
buenos
oficios
del
educador.
Sobre
eso,
más
que
de
dinero,
hablan
por
estos
días
los
maestros.
Dicen
que
a
ellos
se
lo
ha
exigido
la
dirección
de
la
escuela,
y a
ésta
se
lo
exige
la
dirección
municipal
de
Educación,
y a
ésta
la
dirección
provincial,
y a
ésta
el
Ministerio;
en
tanto,
al
ministro
se
lo
exige
la
dirección
del
régimen,
porque
lo
necesita
para
tratar
de
embobecer
al
mundo
con
sus
estadísticas
infladas.
Podrían
también
corroborar
los
profesores,
si
los
convidaran
a
una
encuesta,
que
se
hartaron
de
la
ideologización
sin
mesura
que
prima
en
cada
norma,
en
cada
valoración,
en
cada
proyecto
del
sistema
nacional
de
educación.
Así
como
del
modo
antipedagógico
y
dogmático
y
manipulador
y
chovinista
y
embrutecedor
con
que
se
diseñan
los
programas
de
clases
y se
regula
la
impartición
de
las
materias.
Dicen
(pero
al
parecer
tampoco
esta
vez
tendrán
en
cuenta
lo
que
dicen)
que
no
se
trata
de
"deficiencias",
como
ahora
son
calificadas
en
forma
vaga
por
el
discurso
oficial.
Son
malformaciones
de
base,
dispuestas
a
conciencia,
que
estos
educadores
tuvieron
que
adoptar
en
contra
de
sus
criterios
especializados,
incluso
de
su
ética,
y
hasta
debieron
defender
como
cabezas
visibles
de
un
sistema
cuyas
reglas
no
compartían
pero
no
tenían
derecho
a
remediar,
ya
que
ni
siquiera
se
les
ha
consultado
jamás
con
el
debido
respeto.
El
perro
que
tumbó
la
lata
Desaguisados
tales,
aun
por
encima
de
la
propia
miseria
económica,
determinaron
la
estampida
en
masa
de
los
mejores
maestros
y
profesores
del
sistema
de
educación
nacional.
Es
lo
que
están
afirmando
en
privado
ellos
mismos
por
estos
días.
Y
afirman
también
que
ya
están
viejos
y
cansados,
por
lo
que
no
podrían
asumir
nuevamente
la
carga
sin
que
se
les
ofrezca
garantía
(y
nada
lo
garantiza
hasta
hoy)
de
que
vayan
a
cambiar
las
reglas.
Es
la
opinión
general,
al
margen
de
que
algunos
pocos,
sobre
todo
entre
los
menos
experimentados
y
más
sensibles
a
ser
engatusados
por
el
ligero
aumento
de
sueldo,
estén
valorando
optar
por
el
regreso.
Igual
puede
ocurrir
que
otros
sean
presionados
directa
o
indirectamente
en
los
nuevos
puestos
que
hoy
ocupan.
Pero
en
cualquier
caso,
la
ganancia
(del
régimen)
no
sería
sustancial.
Y
esto
es
algo
mucho
más
dramático
de
lo
que
se
reconoce
oficialmente,
ya
que
los
maestros
y
profesores
que
están
hoy
en
función
(jóvenes
y
pésimamente
formados
en
muy
amplia
cifra)
necesitan
de
aquellos
como
la
sed
del
agua,
no
sólo
para
que
se
echen
encima
el
peso
de
la
debacle,
sino
para
que
al
mismo
tiempo
les
ofrezcan
un
patrón
de
conducta
profesional
y
ética.
Vista
la
tragedia
como
es,
al
general
Raúl
Castro
le
hubiese
convenido
ofrecerles
algo
más
que
dinero
a
los
viejos
educadores.
O en
su
defecto,
le
convenía
ordenar
un
sondeo
de
opinión
entre
ellos
antes
de
decir
públicamente
que
confía
en
su
retorno
al
circo
de
malabares
al
que
romántica
e
inútilmente
se
consagraron,
y
del
cual
terminaron
huyendo
como
el
perro
que
tumbó
la
lata.
Ahora
tal
vez
le
convenga
sentarse
para
esperarlos,
no
sea
que
el
retorno
demore
más
de
lo
previsto.
SUBIR
Una
enemistad de
medio siglo
por:
Marifeli
Pérez-Stable,
Washington
Con sus
altas y
bajas,
el
conflicto
entre La
Habana y
Washington
poco ha
cambiado
desde la
Crisis
de los
Misiles.
En los
tiempos
de la
Guerra
Fría,
Estados
Unidos
tenía
sus
dudas en
relación
con el
Tercer
Mundo.
¿Eran
las
naciones
nuevas
de
África y
Asia
bocados
apetitosos
para el
expansionismo
soviético?
¿Estaban,
el Irán
del
reformista
Mohamed
Mosadegh
y la
Guatemala
de
Jacobo
Arbenz,
a punto
de
transformarse
en
avanzadas
soviéticas?
¿Debería
Washington
aceptar
la
revolución
cubana?
El
secretario
de
Estado
del
gobierno
de
Dwight
Eisenhower,
John
Foster
Dulles,
contestaba
a las
dos
primeras
preguntas
con un
"sí"
rotundo
y a la
última
con un
enfático
"no".
Por el
contrario,
John F.
Kennedy
vio la
neutralidad
en
África
como una
oportunidad,
no como
una
amenaza.
En
América
Latina,
la
Alianza
para el
Progreso
ensalzó
las
reformas,
la
democracia
y la
libertad
como los
mejores
antídotos
contra
las
revoluciones.
Cuba,
sin
embargo,
era un
hueso
duro de
roer
para
John F.
Kennedy.
Su
fracaso
en Bahía
de
Cochinos
mostró
una
debilidad
que él
no podía
permitirse
como un
presidente
joven,
con el
cargo
recién
estrenado.
Dos
meses
después
de su
toma de
posesión,
dijo
textualmente:
en
Viena,
Jrushchov
"me
zarandeó
de mala
manera".
La
Crisis
de los
Misiles
probaría
el
temple
de JFK,
algo que
Cuba y
la
primera
cumbre
con el
líder
soviético
habían
puesto
en duda.
Después
de la
Crisis
de los
Misiles,
Kennedy
siguió
dos
caminos
en
relación
con
Cuba. El
primero
apuntaba
a la
tolerancia
si la
revolución
establecía
"un
Estado
comunista
independiente".
El
segundo,
aún
buscaba
un
cambio
de
régimen.
En el
período
1961-1962,
la
Operación
Mangosta
había
tratado,
sin
éxito,
de
desarrollar
una
revuelta
en Cuba.
En 1963,
la CIA
persistía
en sus
esfuerzos
para
asesinar
a Fidel
Castro.
Ese
noviembre,
la bala
de un
asesino
segó la
vida de
Kennedy
y Lyndon
Johnson
enseguida
colocó
las
conversaciones
La
Habana-Washington
"en el
congelador".
Con las
miras
puestas
en la
elección
de 1964,
Johnson
se
afanaba
por no
parecer
"débil
ante
nada,
especialmente
hacia
Cuba". A
medida
que
Vietnam
ocupaba
casi
todos
los
esfuerzos
de su
gobierno,
el tema
de la
Isla
perdió
importancia
inmediata.
Nunca
más Cuba
volvería
a estar
en el
centro
de la
política
exterior
de
Estados
Unidos.
Lo que
está
pendiente
En la
década
de los
años
setenta,
la
distensión
produjo
un
consenso
bipartidista
sobre la
normalización
de
relaciones
con
Cuba.
Durante
dieciocho
meses,
el
gobierno
de Ford
dialogó,
en la
mayor
discreción,
con La
Habana.
Ambas
partes
abandonaron
las
condiciones
previas:
Estados
Unidos
demandaba
el cese
de todo
vínculo
militar
con la
Unión
Soviética
y Cuba
que
Estados
Unidos
levantara
el
embargo.
La
Organización
de
Estados
Americanos,
con el
apoyo de
Estados
Unidos,
eliminó
las
sanciones
multilaterales
a Cuba.
Luego,
Ford
autorizó
a las
filiales
estadounidenses
en el
extranjero
para
comerciar
con Cuba
y tomó
otras
medidas
que
aligeraban
el
embargo.
Cuba,
por su
parte,
liberó a
un
ciudadano
estadounidense
vinculado
a la CIA
y
devolvió
2
millones
de
dólares
que una
compañía
aérea
norteamericana
había
pagado
como
rescate
por un
avión
secuestrado.
Entonces,
en
noviembre
de 1975,
Cuba
entró en
la
guerra
civil
angolana.
Desde el
punto de
vista de
Estados
Unidos,
Angola
torpedeó
las
conversaciones.
No era
de
extrañar
que La
Habana
viera
las
cosas de
una
forma
diferente.
Si las
conversaciones
secretas
se
hacían
públicas
—discurría
Cuba—,
la
campaña
de Ford,
en 1976,
se
hubiera
dañado
profundamente
y ahí
radicaba
la causa
para que
Washington
detuviera
los
contactos.
Jimmy
Carter
tomó el
caso en
el punto
en que
Ford lo
había
dejado.
Se
eliminó
la
prohibición
para los
viajes y
se
abrieron
las
Oficinas
de
Intereses
en ambas
capitales.
Washington
y La
Habana
parecían
acercarse
a la
normalización.
Sin
embargo,
con la
presencia
continua
de La
Habana
en
Angola y
con el
despliegue,
en 1978,
de
15.000
soldados
en
Etiopía,
Carter
halló
muchas
dificultades
para
prescindir,
en su
incipiente
política
hacia
Cuba, de
los
imperativos
de la
Guerra
Fría.
Por su
parte,
La
Habana
no podía
dejar
pasar la
oportunidad
que
África
le
ofrecía
para
aupar su
imagen
internacional.
En 1981,
Ronald
Reagan
asumió
la
presidencia,
decidido
a evitar
lo que
él
consideró
errores
de
Carter
en las
políticas
nacional
e
internacional.
Sin
embargo,
sólo en
temas
específicos
como
Centroamérica
y
migración,
Washington
continuó
sus
pláticas
con La
Habana.
Además,
en 1988,
Estados
Unidos,
Cuba,
Angola y
Sudáfrica
negociaron
un
acuerdo
que puso
fin a la
guerra
civil
angolana
y
estableció
la
independencia
de
Namibia.
En mayo
de 1991,
las
tropas
cubanas
ya
habían
abandonado
Angola.
Se ha
dicho a
menudo
que la
Guerra
Fría no
ha
terminado
para
Cuba y
Estados
Unidos.
En
realidad,
no estoy
de
acuerdo.
La
Guerra
Fría
terminó
con la
caída
del Muro
de
Berlín y
con la
desintegración
de la
Unión
Soviética.
Lo que
está
pendiente,
sobre la
mesa, es
que
Washington
y La
Habana
aprendan
a vivir
en paz,
esto es,
que
establezcan
una
relación
beneficiosa
para
ambos.
Por esa
senda,
Estados
Unidos
debe
considerar
más las
sensibilidades
cubanas
y Cuba
necesita
convertir
la
cercanía
geográfica
en un
valor.
Esta
enemistad
de medio
siglo no
ha
ayudado
a
ninguno
de los
dos.
En mi
próximo
artículo
concluiré
estas
ideas
sobre el
futuro
de las
relaciones
Cuba-Estados
Unidos.
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